Solo Tú —el Ciudadano Común— Puedes Salvar a Estados UnidosAutor: Joseph Vargas
La mayor amenaza que enfrenta Estados Unidos no son solamente las malas políticas públicas. Es la creciente creencia entre los ciudadanos comunes de que no tienen el poder para cambiarlas.
Nos quejamos del gasto irresponsable, del aumento de los impuestos a la propiedad, del deterioro moral, del desperdicio gubernamental y de funcionarios electos que hablan como servidores durante las campañas, pero gobiernan como amos una vez que llegan al poder. Sin embargo, elección tras elección, muchos de los mismos políticos vuelven a ser elegidos.
El problema no es que Estados Unidos carezca de personas calificadas. El problema es que demasiados ciudadanos capaces y de principios se han convencido de que los cargos públicos les corresponden a otros.
Durante décadas, muchos han creído que un candidato tiene que ser abogado, contar con títulos universitarios avanzados, tener experiencia en el gobierno o pasar años escalando posiciones dentro de la política. Pero veamos con honestidad la condición de nuestro país.
Desde el nivel local hasta el federal, muchos de los que contribuyeron a crear nuestra enorme deuda, los impuestos excesivos, el control burocrático y el deterioro de nuestras condiciones sociales han sido abogados, políticos de carrera y profesionales altamente educados.
La experiencia es útil, pero la experiencia en ceder ante los grupos de presión, proteger intereses especiales y expandir el gobierno no es una ventaja. Es una descalificación.
La causa más profunda es que demasiadas personas dentro del gobierno se han desconectado de la gente a la que fueron elegidas para servir. Muchos políticos que llevan años en el cargo han acumulado considerable riqueza y conexiones lucrativas. Por eso no tienen ninguna prisa por reducir el gasto. Tampoco tienen prisa por bajar los impuestos a la propiedad, porque esa carga no amenaza sus finanzas personales de la misma manera que amenaza a las familias trabajadoras.
Un cargo público es una responsabilidad temporal que el pueblo otorga. Los funcionarios electos no son nuestros gobernantes. Son nuestros representantes. Cuando repetidamente votan en contra de los intereses de sus electores, rompen sus promesas y dejan cargas para nuestros hijos, es nuestro deber reemplazarlos.
Reelegir a políticos que repetidamente nos traicionan es como perdonar una y otra vez a una pareja infiel. El perdón sin arrepentimiento termina convirtiéndose en permiso.
En algún momento, nuestra dignidad debe exigir que dejemos de aceptar la traición de nuestros funcionarios electos. De lo contrario, nos convertimos en los tontos útiles de la historia: preservando el status quo, permitiendo políticas destructivas y pasando las cargas de hoy a nuestros hijos.
La solución no es esperar la llegada de otro salvador político.
La solución es que los ciudadanos comunes se conviertan en candidatos y desafíen al liderazgo que ha fracasado, la traición, el desperdicio y la injusticia.
El dueño de un pequeño negocio que entiende lo que significa sacrificarse debe postularse.
El maestro que ve de primera mano las consecuencias de políticas educativas que han fracasado debe postularse.
El padre o la madre preocupado por el adoctrinamiento de nuestros hijos debe postularse.
El veterano que entiende el significado del deber debe postularse.
El agricultor, el mecánico, la enfermera, el pastor, el jubilado y el ciudadano trabajador que tenga valor e integridad deben considerar postularse para servir.
No necesitas un título de abogado para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
No necesitas décadas dentro del gobierno para reconocer el desperdicio, la corrupción o la traición.
Necesitas convicción, disciplina, disposición para aprender y el valor para decir la verdad.
El miedo es una de las maneras en que la clase política se protege a sí misma. Te dicen que no estás suficientemente preparado, que no tienes las conexiones necesarias, que no tienes suficiente dinero o que no cuentas con la experiencia requerida.
Pero esos argumentos se derrumban cuando los comparamos con los resultados que han producido los supuestamente “calificados”.
No tenemos el derecho moral de heredarles a las futuras generaciones tiranía, deuda, cobardía y decadencia cultural.
Nuestros hijos deben heredar libertad, no las batallas que nosotros tuvimos demasiado miedo de enfrentar.
Solo tú —el ciudadano común— puedes salvar a Estados Unidos.
Porque quienes viven todos los días con las consecuencias de las decisiones del gobierno son quienes mejor entienden la urgencia de reformarlo.
El momento de reemplazar a quienes han olvidado a quién sirven es ahora.
Ciudadanos de principios, enfocados en resultados, deben estar dispuestos a desafiar a los políticos que se han vuelto complacientes y restaurar un gobierno verdaderamente representativo antes de que las cargas de hoy se conviertan en las cadenas imposibles de romper del mañana.

Only You—the Ordinary Citizen—Can Save the United States
Author: Joseph Vargas
The greatest threat facing the United States is not merely bad public policy. It is the growing belief among ordinary citizens that they lack the power to change it.
We complain about irresponsible spending, rising property taxes, moral decay, government waste, and elected officials who speak like public servants during campaigns but govern like masters once they take office. Yet, election after election, many of the same politicians are re-elected.
The problem is not a lack of qualified people in the United States. The problem is that too many capable, principled citizens have convinced themselves that public office is for others.
For decades, many have believed that a candidate must be a lawyer, hold advanced degrees, possess government experience, or spend years climbing the political ladder. But let us look honestly at the state of our country.
From the local to the federal level, many of those who helped create our massive debt, excessive taxes, bureaucratic control, and social decline have been lawyers, career politicians, and highly educated professionals.
Experience is useful, but experience in caving to lobbyists, protecting special interests, and expanding government is not an asset. It is a disqualification.
The root cause is that too many people in government have become disconnected from the very people they were elected to serve. Many long-serving politicians have amassed considerable wealth and lucrative connections. That is why they are in no rush to cut spending. Nor are they in a hurry to lower property taxes, because that burden does not threaten their personal finances the way it threatens working families.
Public office is a temporary responsibility granted by the people. Elected officials are not our rulers; they are our representatives. When they repeatedly vote against their constituents' interests, break their promises, and leave burdens for our children, it is our duty to replace them.
Re-electing politicians who repeatedly betray us is like forgiving an unfaithful partner over and over again. Forgiveness without repentance eventually becomes permission.
At some point, our dignity must demand that we stop accepting betrayal by our elected officials. Otherwise, we become history’s "useful idiots": preserving the status quo, enabling destructive policies, and passing today’s burdens on to our children.
The solution is not to wait for the arrival of another political savior.
The solution is for ordinary citizens to become candidates and challenge the failed leadership, the betrayal, the waste, and the injustice.
The small business owner who understands the meaning of sacrifice should run for office.
The teacher who sees firsthand the consequences of failed education policies should run.
The parent concerned about the indoctrination of our children should run.
The veteran who understands the meaning of duty should run.
The farmer, the mechanic, the nurse, the pastor, the retiree, and the hardworking citizen with courage and integrity should consider running to serve.
You don’t need a law degree to distinguish right from wrong.
You don’t need decades in government to recognize waste, corruption, or betrayal.
You need conviction, discipline, a willingness to learn, and the courage to speak the truth.
Fear is one of the ways the political class protects itself. They tell you that you aren’t prepared enough, that you lack the necessary connections, that you don’t have enough money, or that you don’t have the required experience.
But those arguments crumble when compared to the results produced by the supposedly "qualified" ones. We have no moral right to bequeath tyranny, debt, cowardice, and cultural decay to future generations.
Our children should inherit freedom, not the battles we were too afraid to face.
Only you—the ordinary citizen—can save the United States.
For those who live daily with the consequences of government decisions are the ones who best understand the urgency of reforming it.
The time to replace those who have forgotten whom they serve is now.
Principled, results-oriented citizens must be willing to challenge politicians who have grown complacent and restore a truly representative government before today’s burdens become tomorrow’s unbreakable chains.







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